ROL DE LA FAMILIA EN EL DESARROLLO DE SOCIEDADES ARMÓNICAS

“En el principio se oculta el fin”, sabias palabras de un antiguo proverbio, que dejan claro lo vital que es otorgarle importancia al cómo comienzan las cosas y las relaciones. Muchas relaciones de pareja que más tarde se convertirán en “familia”, comienzan sin un claro fin. Se llega a la etapa de conformar una “familia” por un embarazo no deseado o porque ya la relación tiene mucho tiempo, y “ya es hora” de pasar a otra etapa.  La decisión de procrear hijos, parece – para muchas parejas – más una orden genética, que un acto de amor, compromiso y racionalidad.

Convivir juntos bajo un mismo techo de ninguna manera significa formar parte de una familia, sin entrar en detalles de cómo está compuesta. Una familia debe ser un equipo de personas unidas por un fin común, e integrados por principios y valores, también comunes, que conforman la cultura propia de ese núcleo familiar.

Desde el punto de vista lingüístico podemos establecer diferencias entre una casa y un hogar, la diferencia es que en la primera -una casa- sus bases son de bloque, metal y concreto; mientras que en el hogar las bases son de principios y valores. Tristemente debemos reconocer que en la sociedad hay cada vez más casas y menos hogares. Una familia en el sentido correcto debe hacer genuinos esfuerzos por formar y convivir en un hogar. 

Un requisito indispensable para construir familia es el tiempo. Resulta difícil establecer principios y valores cuando existe un claro desequilibrio entre el tiempo que dedicamos al hogar y el tiempo de influencia que ejercen otros agentes, como la televisión, Internet, las redes sociales o el propio entorno social.

Otro elemento esencial en la construcción de un núcleo familiar es la comunicación, elemento clave para la transmisión de esos principios y valores, así como para el establecimiento de una cultura familiar que define las pautas de actitud y conducta permitidas en sus integrantes.

La confianza y el respeto mutuo son los otros dos elementos que permiten llevar a feliz término la conformación de una familia. Ambos deben construirse con el ejemplo, porque no podemos instalarlos por decreto. Ninguna sana relación puede tener como base la desconfianza. Por su parte, el respeto mutuo es una condición que debe ser parte del valor respeto de cada uno de sus integrantes y es bidireccional, respetar para que nos respeten. Estableciendo claros límites entre deberes y derechos para cada uno de sus integrantes. 

A un individuo lo forman la familia, la escuela y la sociedad, pero es en ese orden. No podemos pretender endosar a la escuela responsabilidades que son propias de la familia. Es cierto que la escuela como parte de la sociedad tiene un importante función educativa y cultural; sin embargo, la formación en valores, actitudes y conductas encuentra su primer espacio en el núcleo familiar. Como dijo el Papa Juan Pablo II, citado anteriormente, es en la familia donde las personas aprenden por vez primera los valores que les guían durante toda su vida.

La realidad es que las escuelas y los maestros de hoy día, deben dedicar gran parte de su tiempo a educar a sus alumnos en aspectos y temas que debieron haber sido tratados y establecidos en los respectivos hogares de sus alumnos. Valores vitales para el desarrollo de las personas, la convivencia y la armonía social deben ser responsabilidad primaria de los hogares y no de la escuela. La familia se forma con el ejemplo diario, y los padres deben tener conciencia de ello, entendiendo que, con sus actitudes, conductas y ejemplo, ellos están formando o deformando a sus hijos.

Cuando los adultos hemos contribuido y permitido que con el paso del tiempo se deterioren los valores que dan soporte a una sana sociedad y a sus instituciones, ello permitirá que aparezcan falsos profetas y líderes, formadores de antivalores.

El equipaje de principios y valores de la familia, con lo cual salen sus miembros a la calle o el mundo, debe representar un escudo protector que les permita no solo vivir y sobrevivir, sino ser individuos conscientes de su rol como miembros de una sociedad. Esos valores deben ayudar a construir la sociedad, no a destruirla.

Las palabras escritas por Confucio, mencionadas al principio, tienen aproximadamente 2.500 años y están vigentes como si se hubieran escrito hoy. Ellas nos permiten entender que parte importante de los problemas que vive la sociedad, no son ni más ni menos que una consecuencia de problemas más profundos cuyos orígenes se encuentran en la familia.

El impacto de la familia es clave en la construcción o destrucción de una sociedad, pero existe la tendencia a centrar la causa y solución de los problemas de la sociedad en lo económico y lo político, cuando el verdadero problema crece en lo social. Cuando el problema social crece en el tiempo, es cuando caemos en conciencia que los problemas en lo económico y político son una consecuencia de lo social, y no al revés. Las raíces de la corrupción, por ejemplo, pueden encontrarse en la familia.

Los temas económicos y/o políticos de una sociedad se resuelven, complican o pueden reversarse en plazos relativamente cortos de tiempo; cinco, diez o quince años producen cambios significativos para bien o para mal. En lo social, por el contrario, los cambios tienen otra dinámica, destrucción acelerada y reversión lenta. Desgraciadamente, por razones casi naturales del universo, los cambios hacia el orden son muy lentos, mientras que los cambios hacia el desorden son muy rápidos. En lo social esto es notorio.

Una sociedad que sustituye sus valores por seudo o falsos valores, que ha permitido el deterioro de la textura del tejido social, que se desengrana socialmente, que prioriza lo individual sobre lo colectivo, que permitió el deterioro de la familia e instituciones, que ha desequilibrado el ecosistema humano y social, requerirá mucho tiempo para recuperarse.

Permitir que la familia se deteriore es garantizar que la sociedad y sus instituciones se deterioren, no importa el esfuerzo que se haga en lo económico o político. Si queremos una sociedad más justa, responsable y armónica, debemos comenzar por fortalecer el espacio donde se forman las primeras virtudes cívicas: el hogar. La calidad de una sociedad depende, en gran medida, de la calidad humana que sus familias sean capaces de cultivar.

Ningún liderazgo puede considerarse verdaderamente exitoso si alcanza sus objetivos a costa del deterioro de la familia. El dirigente político que sacrifica el tejido social por intereses electorales, el empresario que exige tal nivel de dedicación que priva a los padres de ejercer plenamente su rol formador, o cualquier líder que coloca otros intereses por encima de la estabilidad del hogar, puede obtener resultados visibles en el corto plazo. Sin embargo, esos logros difícilmente serán sólidos o sostenibles en el tiempo. Resulta poco sabio construir prosperidad económica, poder político o crecimiento institucional sobre el debilitamiento de la familia, porque es precisamente en ella donde se forman las personas que darán continuidad y sustento a esas mismas organizaciones y sociedades. Cuando se destruyen los cimientos, tarde o temprano termina resintiéndose toda la estructura.

El éxito de un líder no debería medirse solamente por resultados económicos, políticos o institucionales, sino también por el impacto que sus decisiones y acciones producen sobre la familia y el tejido social.

Miguel A. Terán

1. Referencia tomada del reconocido filósofo Lou Marinoff en su libro el ABC de la Felicidad.

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Miguel A. Terán

Psicólogo especialista en Desarrollo de Líderes y Organizaciones, Coach Certificado, Diplomado en PNL y Psicología Positiva, Certificado en Gestión de Recursos Humanos. Ha ejercido cargos de gerencia y dirección regional en el área de latino-américa, para importantes empresas (PwC-PricewaterhouseCoopers, GSK-GlaxoSmithKline, Quaker Oats Company, entre otras). Profesor universitario (UCV), Coach Organizacional, de Liderazgo, Profesional y de Negocios. Escritor, Orador, Entrenador e Instructor en Programas de Formación y Desarrollo Ejecutivo, Gerencial y de Liderazgo.

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