El efectivo liderazgo político requiere dedicar esfuerzos dirigidos a reafirmar una cultura de sociedad. Miguel A. Terán

Estos esfuerzos deben estar centrados en establecer, afirmar o reafirmar principios y valores que beneficien a todos los componentes de la comunidad y el entorno. Así como a eliminar creencias y paradigmas que limitan a sus integrantes.  Si, por lo contrario, el líder dedica su esfuerzo y trabajo solo a los temas económicos y políticos, dejando por fuera los temas humanos, sociales y del entorno, será poco lo que logrará construir de manera sólida para el largo plazo y el buen futuro de la sociedad.

Es muy importante aclarar que el desarrollo humano y social son causas que impactan lo político y económico, en primera instancia. Por supuesto, que luego –en segunda instancia- lo político y económico se devuelve –cuán bumerang- impactando lo humano y social, llegando a trastornarlo, distorsionar, cambiarlo, transformarlo o consolidar, algunas  veces para bien otras para mal. En otras palabras, lo político y lo económico son consecuencias  del desarrollo humano y social. Una sociedad no alcanzará a desarrollar un efectivo sistema económico ni político sino está adecuadamente desarrollada en lo humano y social.

El problema de los países y sociedades que no salen de sus crisis políticas y económicas, o de aquellos que están a punto de caer en éstas; podemos, sin temor a equivocarnos, asociarlos a su escaso, débil o limitado desarrollo como sociedades humanas. Una sociedad llena de pseudo-valores, con una cultura individualista, pragmática y de oportunismo, no llegará muy lejos sin auto-destruirse.

Las grandes culturas y sociedades de otros tiempos, existentes en diferentes lugares de nuestro globo, tuvieron su clímax, su momento máximo de desarrollo, pero al desvirtuar o distorsionar su esencia humana y social, trastornaron y distorsionaron el sistema de valores que las hizo grandes, comenzando a deteriorarse hasta destruirse.

Podemos hablar de guerras y conflictos externos, atribuyendo a éstas la causa de la desaparición de esos grandes imperios, pero su mayor enemigo -en realidad- lo desarrollaron dentro de sí mismas. En otras palabras, se fueron carcomiendo y pudriendo internamente como sociedades, hasta auto-destruirse. Cuando la historia hace referencia a alguna batalla o guerra que las acabó, en realidad, esa batalla o guerra fue la “guinda”, que remato o culminó un proceso que había comenzado muchos años, décadas o quizá siglos atrás.

Algunas veces, favorables y coyunturales condiciones económicas disminuyen y retardan los efectos negativos de la corrosión del sistema. Ello contribuye a que esos efectos negativos se disimulen y diluyan, haciéndolos –literalmente- “imperceptibles” en el tiempo, hasta que el deterioro y los daños son visibles a simple vista y nada detiene su decadencia.

Las sociedades que tenemos hoy día, en los diferentes lugares del mundo, son resultado de lo que como seres humanos y sociedad hemos hecho o dejado de hacer durante muchos años.

Es necesario comprender que una sociedad no se construye ni destruye en unos pocos años o décadas, en realidad se construye o destruye a largo plazo a través de la conjugación o combinación de múltiples elementos y variados procesos, en los cuales una cadena de aciertos o errores fueron impactando y transformando –para bien o para mal- sus estructuras y procesos humanos, sociales, políticos y económicos.

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