Los ciudadanos debemos tener la posibilidad de comunicarnos libremente, sin la presión de la ideología ni del fanatismo.

En democracia los ciudadanos deberíamos tener garantizada la libertad de expresarnos, sin que nuestras opiniones y argumentos sean criticados únicamente desde una perspectiva fanático-ideológica.

Sin embargo, lo que ocurre es que estamos perdiendo -cada vez- a mayor velocidad la posibilidad de expresar libremente nuestros puntos de vista, lo cual limita nuestra opinión sobre los diversos temas sociales, económicos, educativos, de salud, laborales, de justicia, culturales, científicos, religiosos y cualquiera otro, que nos impactan positiva o negativamente a todos y a las comunidades locales, regionales y mundiales a las cuales pertenecemos, porque apenas  nos atrevemos a expresar nuestro sentir u opinión, somos juzgados, criticados y descalificados junto a nuestras opiniones y argumentos desde una perspectiva o punto de vista puramente ideológico y -en muchos casos- hasta cargado de  fanatismo.

Vivir inmersos en la ideología lleva a cualquier planteamiento o perspectiva al área de las creencias y de lo emocional, por racional o justificados que algunos consideren estos planteamientos o perspectivas, su defensa a ultranza los hace precipitarse en el fanatismo. Es una absoluta realidad, que muchos individuos han venido perdiendo el punto de vista propio, mientras se convierten en un reflejo o “zombi” de alguna particular ideología.

Es por ello, que aplaudir o criticar la decisión, conducta o acción de alguna persona, corriente o institución, llevará a cualquiera de nuestros argumentos a una automática e inmediata descalificación desde un punto ideológico, sin consideración ni respeto por nuestras reales y genuinas razones para habernos expresado -de alguna particular manera- al respecto. A nadie parece importar mis argumentos para aplaudir o criticar, porque solo importa a quién o qué aplaudo o crítico. 

Hemos llegado a un triste momento de extrema división y polarización, donde parece que quien más polariza “gana”, olvidando que a los seres humanos es más lo que nos une que lo que nos separa. Esta absurda polarización, simplemente destruye cualquier aplauso o palabra de reconocimiento o felicitación, por válida que ésta sea, debido a una decisión bien tomada o a una gestión bien realizada, porque si no es a favor de un líder, un bando o ideología en particular, debemos prepararnos para la lluvia de críticas extremas, algunas de las cuales pueden llegar a un lenguaje grosero e indigno.

Igualmente, desde el otro ángulo, también se destruye o minimiza cualquier observación o crítica, por constructiva y racional que ésta sea, relacionada con una deficiente decisión, conducta o acción, ya que, si esta crítica va dirigida a un líder, un bando o una ideología particular, debemos -también- prepararnos para una lluvia de críticas extremas, algunas de las cuales también pueden llegar a un lenguaje grosero e indigno.

En cualquier lugar del mundo y ahora -aún más en las redes sociales-, iniciar discusiones sobre los diferentes temas relacionados -de alguna manera- con economía, política, gobierno, religión, género, razas, etcétera, se ha distorsionado y desvirtuado de tal manera que toda discusión es llevada al campo ideológico.

La horrible frase “Estás conmigo o estás contra mí”, es cada vez más vigente, en un mundo que hace desaparecer los espacios o puntos medios o de equilibrio, para irse a los extremos. Hoy día mencionar la palabra social, es ganarnos el tildado argumento de izquierdista, como sino fuéramos seres sociales; mientras que referirnos al mercado es un argumento de derecha. El fanatismo político -en este caso- nos roba palabras, que parece no podemos utilizar libremente. Ideas proselitistas, dirigidas a conseguir adeptos y fanáticos a muchas oscuras causas, desvirtúan hechos y reales problemas.

Los ciudadanos están atrapados en sus respectivos partidos políticos, grupos religiosos, grupos sociales de diferente índole y tendencia, en los cuales cualquier discrepancia o separación con respecto a las líneas del grupo, partido o del líder de turno, es considerada un acto de disidencia e irrespeto, algunos grupos son literalmente prisiones. Incluso, ocurre que cuando algún individuo tiene una posición visible dentro de la estructura política del partido, grupo religioso o social y decide discrepar o separarse de las líneas ortodoxas, este individuo es censurado y descalificado públicamente, en una actitud casi fundamentalista. Sin intentar comprender razones ni argumentos, porque ellos conciben como una herejía discrepar o disentir de las líneas dogmáticas de esa casi “secta” política, religiosa o de cualquier tipo.

Como ciudadano considero que todos debemos tener la absoluta libertad para criticar las ideas, argumentos, decisiones y acciones, incluso en algunos casos a personas, pero haciéndolo desde un punto de vista amplio, balanceado y, sobre todo, respetuoso. Creo en las palabras las palabras del Clérigo Sudafricano y Premio Nobel de la Paz (1984), Desmond Tutu, quien refería que su padre le decía: “No levantes la voz, mejora tu argumento”.

Es vital considerar las razones de todo argumento, porque esto es parte vital para hacer realidad los procesos de cambio y transformación que exigen los nuevos tiempos, sin que ello signifique descalificar a quien expresa su aprobación o rechazo a las decisiones o acciones de los líderes, grupos o instituciones, sin que sus argumentos sean criticados solo desde una perspectiva ideológica.

En una auténtica democracia deberíamos poder discutir, disentir, aprobar, rechazar, aplaudir o criticar decisiones y acciones de los líderes, grupos o instituciones, sin que nuestra posición sea despedazada sin ningún tipo de equilibrios ni respeto.  El fanatismo no debe tener cabida por sus exageraciones, irracionalidad, extremismos, violencia y ceguera, para dar incondicional respaldo a creencias y opiniones que no pueden sostenerse en argumentos ni lógicos ni racionales. Tengamos presente que el fanatismo parte de un desconocimiento de la real realidad.

Muchos individuos traen dentro de sí mismos odios viscerales importados de otros horizontes y de otros momentos en el tiempo, algunos vividos pero otros muchos heredados, que son extrapolados a los nuevos lugares y momentos, repitiendo y reviviendo continuamente en sus mentes la historia que vivieron o simplemente les contaron, convirtiéndose en fanáticos defensores de esas creencias y odios viscerales, ya quizá sin sentido.  

Uno de los riesgos de propiciar el silencio y eliminar la crítica a través del miedo, lo refleja el escrito del pastor alemán Martin Niemöller, encarcelado por el gobierno de Hitler, quien expresó en el poema “Cuando los nazis vinieron”, los resultados parciales y finales de ese silencio cómplice, que algún día llevará a que sus consecuencias se vuelvan contra nosotros mismos:

“Cuando vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron por los judíos, no dije nada porque yo no era judío. Cuando vinieron por los sindicalistas, tampoco dije nada porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron por los católicos, no dije nada porque yo era protestante. Cuando vinieron por mí, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.

Muchas de las tragedias y problemas de hoy son resultado de los silencios, comodidades, tolerancias, pasividades y miedos de ayer. Una frase de autoría anónima nos recuerda que “A veces lavándonos las manos nos ensuciamos la conciencia”; tal cual lo hizo Poncio Pilato, cuando tomó el agua y se lavó las manos delante de la gente, diciendo: «Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis».

En resumen, quiero -como quizá muchos otros- tener la libertad de expresarme sin que mis percepciones, opiniones, argumentos y puntos de vista, sobre algún tema en particular se desvirtúen, distorsionen o diluyan en una interminable, tóxica, irrespetuosa, ideológica y fanática discusión, en la cual -entre tanto irrespeto y critica- se pierden las razones y los argumentos originales de la discusión, los cuales pudieron haber sido útiles para lograr cambios o mejoras.

Miguel A. Terán

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Miguel A. Terán

Psicólogo especialista en Desarrollo de Organizaciones, Coach Certificado, Diplomado en PNL y Psicología Positiva, Certificado en Gestión de Recursos Humanos. Ha ejercido cargos de gerencia y dirección regional en el área de latino-américa, para importantes empresas (PwC-PricewaterhouseCoopers, GSK-GlaxoSmithKline, Quaker Oats Company, entre otras). Profesor universitario (UCV), Coach Organizacional, Profesional, de Vida y de Negocios, Escritor, Orador, Entrenador e Instructor en Programas de Formación y Desarrollo Ejecutivo, Gerencial y de Liderazgo.

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